El Aroma

October 5, 2006

Desde el primer momento me enamoré de China. Porque odio y amo a China. No se porqué. Desde el primer instante en que puse los pies en esta tierra, inhalé este aire mezcla de descomposición e incienso, este aire que se mete en tu nariz y ya, jamás sale. Mezcla de perfume y humanidad sudorante, asi me embrujó China.

China es una mezcla de extremos, nunca hay un medio donde sentirse a salvo. Nuestra aristotélica mentalidad sufre en su seno. En China se mezcla la absoluta belleza, hipnotizadora, apabullante, embriagadora, con la absoluta fealdad, irritante, desesperanzadora, inconmesurable. Se mezclan perfurmes extasiantes, junto a pestilencias insoportables, la bondad en toda su extensión, toda su semática, al lado de la total mezquindad, aterradora. 

Asi entró China a mis ojos y asi la guardo, gran tesoro.

De niño mi tia me trajo un regalo  de China, una camiseta. Cuando me la dió, entré en contacto con el aroma. Esta camiseta llevaba impregnado el aroma, un aroma penetrante, que para el no iniciado repele en cierto sentido. Nunca abandonó ese aroma a su portadora. Quedó indeleble hasta su muerte. El detergente no pudo con él, pues al igual que yo, la camiseta y el aroma eran uno.

Arinconé este aroma en mi memoria. Pero cuando llegué a China, por  primera vez…, volví a reencontrarme con él, en cierto modo, China no era tan extraña como me imaginaba, me había acompañado en  cierto momento de  mi infancia.

Y ví Shang Hai. En mi memoria, la ciudad perfecta, me maravillaba andar por sus calles estrechas, repletas de lugares extraños, gente impúdica en paños menores tomando la escasa brisa de la agobiante atmósfera, tumbados en una hamaca, a las puertas de su casa. Las casas antiguas donde se respira la vieja China, tranquila, meditatiba, a veces indiferente frente a los rascacielos imponentes donde se respira otra China, más ambiciosa, intranquila, insomne. Ambos lado a lado,  sin separación física.  Me  gusta ver a la gente reunida en la calle,  hablando, jugando a juegos de cartas, haciendo ejercicios de taichi,  reunidos  en marea humana alrededor de una mesa de  madera octogenaria comentando la jugada del  mah-jon, iluminados por una bombilla colgada de un árbol. Alrededor, el olor de la comida que sale de las casa invade el ambiente, olor que sale de casa viejas, de colores oscuros, de cristales impenetrables a la vista. El olor a comida china , de hogar, que gran olor.

Olor de comida. Las calles huelen a comida, vendedores ambulantes se encargan de que ningún rincón quede sin rociar. Olor a pinchos de cordero a la brasa, de tallarines, de verduras hervidas mil, todo lo imaginable se vende en los puestos de comida. Ay, mi querida vendedora de tortas, que me ayudo a desayunar tanto tiempo y que tan bién me hizo ir al servicio, ¿donde estará?. La última vez que volví a Shanghai peregriné para reunirme  con ella, deleitarme de su  sucia comida. Pero ya no estaba. Todo cambia en China, espero que este bien.  Creo que fui el único extranjero al que vendió en su vida su torta con huevo, rociada con una salsa marrón tan deliciosa como ponzoñosa en Dong Bao Xing Lu, con Bao Shan Lu.

 China, China, China…





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